miércoles, 7 de marzo de 2018

Me busco viva o muerta



Cada mañana, de lunes a sábado, me levanto de la cama y me visto con un uniforme verde y blanco. El séptimo día de la semana descanso y no existe en mi armario una sola prenda que me guste. Me conformo con que mis vaqueros estén limpios y con cualquier sudadera o camiseta que encuentre en un cajón. No importa que haga frío o calor, ni la moda, ni la estación del año. Me he convertido en una máquina que se activa en cuanto mi mente escucha el despertador. Trato de no pensar.

Un papel de mi empresa afirma que soy reponedora. Es una profesión triste que no le recomendaría a nadie. Descargo productos lácteos en las vitrinas frigoríficas de un supermercado durante seis horas al día, a veces más. Si eso sucede, se trata de una tarea que hago gratis y que cualquiera de mis jefes vería mal si reclamara cobrarla. Realizo mi labor con desgana. Muchas veces me repito que debería ser más simpática con los clientes, recordar esa frase que tanto me repiten: que soy afortunada por haber firmado un contrato y que hay personas en edad de trabajar en peores circunstancias que las mías. Sin embargo, me ahogo entre yogures y no sé por qué debo de dar las gracias al destino. No sé cómo me ha traído hasta aquí, ni cómo me ha convertido en lo que soy. Lo único de lo que me siento segura es de que la vida, una que yo desconozco, se me escapa, y que caí en esta trampa ante la necesidad de pagar los gastos mensuales.  
  El resto de mi tiempo libre lo dedico en casa a fregar los platos, barrer, cambiar las sábanas, cocinar y cuidar de mi hija. Debería planchar, es lo que hace la gente en su sano juicio cuando la colada está seca, pero se ha convertido en una tortura que lo único que consigue es deprimirme. A veces tengo pesadillas, sueño que la montaña de ropa que reposa sobre una silla de la cocina me aplasta mientras preparo café. Me da igual. He dicho que no plancharé más y punto. 
La peor parte de este panorama es que he llegado a la conclusión de que soy un mal ejemplo para mi niña. Lo sé cuando me veo en sus ojos y lo único que me parece positivo recalcarle es que haga un esfuerzo en no imitarme, ni en parecerse a mí. La ayudo cada tarde a hacer los deberes y la animo a que estudie. Lo hago sin convicción. En el fondo de mí misma, espero que pegue un pelotazo, que disfrute de los caprichos que ahora nos niega nuestra economía. Si algo he aprendido es que estudiando y trabajando no suelen llegar ciertas recompensas. Tiene ocho años y debería enseñarle el ABC de una lección que no nos explican. 
      Una noche, antes de acostarse, ella me comentó que le rondaba la idea de operarse los pechos si no llegaban a crecerle. ¿Quién le habrá metido ideas así en la cabeza? Sonreí sin darle importancia, solo le dije que era muy pronto para preocuparse por un problema que aún no existía. Luego me desmoroné, porque me planteaba un dilema. Una cosa son los valores, de los que no dejo de hablarle, y otra, cómo funciona el mundo en realidad. Es posible que ella ya se haya dado cuenta y que mis ideales me hayan llevado justo hasta donde no pedí ir, que se hayan evaporado en la estantería de las natillas. Lo peor vendrá si en el futuro descubrimos que le hacían más falta un par de tetas que un master. Si sale mal me culpará a mí y, por si acaso, digo yo que debería empezar a ahorrar. Dudo de que mi presupuesto me alcance para costear ambas cosas. 
       Mi hija evita hablar de temas como sus tetas con su padre. Lo cierto es que ni siquiera sé si hablan de algo serio. Él hace años que tras serme infiel con una amiga, se fue de casa. Me hubiera alegrado y hasta lo hubiera celebrado si las deudas y gastos que dejó no me hubieran mantenido tan ocupada. Ahora tiene muchas más arrugas que cuando lo conocí y ha perdido bastante pelo. De eso sí que me alegro, aunque ya sé que no está bien. El defecto que pesa sobre él es que su mente juvenil, la del amante de los cómics y los conciertos de rock, sigue tan intacta como en su adolescencia y los años no le han aportado ninguna madurez. Aún no sabe cómo funciona el sistema, ese donde abundan los asesores fiscales y las comunidades de vecinos, porque imagino que ningún ilustrador se lo ha contado todavía. A veces hablamos y comprendo que ya no lo conozco, es un ser de otro planeta con el que no puedo dialogar, nos expresamos en idiomas diferentes. No descarto que yo sea la extraterrestre, de eso más bien estoy convencida. Nos vimos por primera vez en la salida de un cine, después de ver la reposición de un clásico del terror: "La noche de los muertos vivientes." Hoy la recuerdo como la película de mi propia vida, la de un zombie deambulando entre otros zombies. No sé la de veces que he creído que esa tarde hubiera sido mejor que me hubiera partido la cabeza contra un bordillo, en vez de cruzarme con él. No he dado un paso firme desde entonces. Él tampoco. La diferencia que nos separa es que él aún no se ha percatado, ni creo que lo haga a estas alturas.  
Para evadirme de mi rutina, antes de dormir leo libros usados y de la biblioteca de mi barrio. Las novedades editoriales están fuera de mi alcance. Leo no solo porque me gusta, también me he dado cuenta de que es preferible darme un atracón de lectura que de pastillas para conciliar el sueño. Con frecuencia, cuando llego a las últimas líneas del capítulo que sea, me pregunto qué puedo hacer para que me suceda algo extraordinario, para que mi vida se parezca a la de una novela, aunque sea una mierda de novela, aunque hable un conflicto armado o de una sociedad apocalíptica en la que la gente se lía a hostias por una conserva caducada. ¡Qué más da! Una aventura lo cambiaría todo. A veces presiento que ese suceso que espero está a la vuelta de la esquina. Me siento tan esperanzada que al doblar la calle permanezco expectante un momento. “Hoy pasará lo que tenga que pasar.” Luego, desolada, compruebo que excepto el tráfico y los peatones, nada se ha movido de su sitio, que no me quedan más opciones que entrar en el supermercado y soportar el paso de las horas, que nunca corren.  
Al salir del trabajo lo habitual es que encienda mi móvil. Casi siempre descubro que tengo algún mensaje del banco informándome de un último pago, o de amigos con los que no puedo salir a cenar porque no tengo un duro y los esquivo con evasivas. El resto de misivas las puedo resumir en un montón de vídeos absurdos y chistes malos que borro con prisa porque me ocupan muchísima memoria de un móvil que, de tan viejo, empieza a parecer un fósil. 
Una vez en casa me siento un segundo en el sofá, quizá dos. Me levanto. El tiempo no pasa en balde y, mientras lo pierdo en tareas domésticas, me mato buscando una oportunidad que no sé dónde está ni cómo encontrarla.
Hay madrugadas que lo único que me pide el cuerpo es bailar como una descosida en cualquier garito, esperar a salir por la puerta para que el aire frío me dé en la cara, o beber cerveza como si me hubiera disecado y necesitara hidratarme. Hay mañanas en las que, si me sobrara el dinero, volvería a fumar. 
Me llamo Sonia Conde, odio mi vida y me aburro de la muerte.